miércoles, 29 de junio de 2011

Bibiana y la Gran Manzana

Ayer me encontré a Bibiana Aído por la calle. Esta frase no tendría nada de especial si no fuera por el lugar y el momento. El lugar: Nueva York, Segunda avenida, a 300 metros de la sede de la ONU. Estaba sola, parada hablando por teléfono frente la farmacia por la que paso todos los días para ir a trabajar. Iba arreglada de manera sencilla, con un vestido de estamapado lineal en tonos grises y blancos. A decir verdad, no llamaba la atención en ningún sentido y podría haberla tomado por otro de los cientos de ciudadanos anónimos que me cruzo cada día en esa avenida, pero dio la casualidad de que mirara hacia ella en el momento oportuno.


El momento: apenas días después de que se anunciara en la prensa que sería asesora de uno de los últimos organismos de la ONU, "ONU Mujeres". Me imagino que habrá hecho un viaje para reconocer el terreno porque, según su compañera Pajín, sigue siendo Secretaria de Estado. La verdad es que no queda muy claro si estará aquí a tiempo completo o compatibilizará las dos funciones hasta que cese en su actual cargo, pero al ritmo que van las búsquedas de nuevos destinos entre los de sus filas, no sería de extrañar que aterrizara aquí pronto para instalarse.


Cuando la vi, estaba hablando por teléfono en la acera, en una conversación que parecía más bien desenfadada. Según volvía hacia casa, y conociendo el probable motivo de su aparición en Manhattan, mi pasatiempo mental por el camino fue el intentar especular acerca de a quién podría estar llamando.



Opción 1: "Hola mamá, acabo de salir de mi reunión con la Bachelet. Parece muy maja, me ha dicho que se alegra mucho de tenerme como nueva miembra de su equipo... No llores mamá... Sí, sé que estaré muy lejos, pero piensa en lo orgullosa que tienes que estar de mí. ¡Quién me iba a decir que llegaría a la ONU cuando empecé con lo de la Agencia de Desarrollo del Flamenco!".



Opción 2: "Sí, José Luis, le he dado recuerdos, como me dijiste, y le traído esos bombones que tanto le gustaron en La Moncloa cuando hablasteis lo de mi puesto el mes pasado... Pues nada, muchas gracias, y mucha suerte, y a ver lo que te toca a ti, que yo por lo menos ya me he recolocado, pero tú aún tendrás que buscarte algún consejo de administración de alguna gran empresa, ¿no? Aunque con tu clarividencia económica, cualquiera te contrata de asesor...".



Opción 3: "Buah, tía, alucinas por aquí, Leirecita. Menudo despacho con vistas al edificio Crízler ése. Después de las elecciones tienes que venir a verme, que tendrás mucho tiempo libre, y nos vamos de compras a Chinataun, que los bolsos de imitación están rebaratos. ¿Que qué dirá la Sinde? Bah, seguro que no le importa, los de la SGAE no creo que se molesten tan lejos...".



Especulaciones aparte, no deja de ser paradójico que la ex ministra haya llegado hasta aquí y que otros se hayan quedado por el camino. Me refiero, obviamente, a la candidatura de Moratinos para la FAO. Según parece, para Moratinos se movilizó intensamente la maquinaria del Ministerio de Exteriores, y no dudo de que el puesto merecía el esfuerzo. Pero es un ejemplo más de los diferentes modos de hacer diplomacia. Partiendo de que eran aspiraciones completamente distintas, y de que la jefatura de la FAO es infinitamente más difícil de conseguir que el puesto que le han dado a la de Igualdad, supongo que al final es una cuestión de hilos, y en el caso de Aído, ha tenido la suerte de que había muchos menos que tocar al poder reducirse la transmisión de ex presidenta a (futuro ex) presidente.
Además, según me cuenta algún amigo que gusta también de especular, en realidad no viene de asesora, si no de segunda de la segunda y en labores administrativas... Sea como fuere, está claro que en nuestra clase política sigue primando aquello de la "honra sin barco": quédense ustedes con el barco yéndose a pique, que yo y mi puesto nos vamos a mucha honra a la Gran Manzana...

miércoles, 8 de junio de 2011

Call me Ishmael

Hace algunos meses, una notable traductora me envió un artículo del NY Times (Found in translation) en el que se describían algunas de las dificultades del arte que ella ejerció durante algunas décadas. En él se ponía como ejemplo la complejidad de traducir la primera frase de la obra Moby Dick. El libro comienza con tres palabras, aparentemente inocentes, pero, como reflexiona Michael Cunningham, escritor traducido, cargadas de intención: "Call me Ishmael". Resumiendo su exposición, argumenta lo enrevesado que resulta, a pesar de realizar una traducción fiel, el plasmar el ritmo, el efecto sonoro o, en este caso, la fuerza de tres meras palabras. "Llámame Ismael" no suena, por más leal que sea al original, igual que el inglés. No cautiva tanto. Punto para los detractores de la traducción (aunque sin llegar a aceptar que un día Google Translator nos reemplazará a todos).

Hace algunos días, me topé con un ejemplar de Moby Dick en inglés. Habiendo descubierto hace poco que su autor era neoyorquino, y encontrándome yo en su ciudad, me pareció buena idea que el primer libro que comprara en Nueva York fuera una obra célebre (aunque sólo sea por el título, como tantos otros clásicos) de uno de sus ciudadanos.


Hace algunas horas, salía del trabajo pensando que era el primer día en que no tenía que ir a compar muebles o aspiradora ni esperar a que me trajeran ninguna de las compras a casa. Tenía la tarde para mí, ya que además Ana tenía sus propios planes. Así que decidí subir a la terraza (piso 36), acomodarme en una tumbona y comenzar a leer Moby Dick. El sol todavía daba sobre el edificio, bajando ya hacia el oeste, así que me puse de frente para intentar compensar la ausencia de rayos (UVA o de ningún otro tipo que no sean artificiales) en mi despacho sin ventana.


Comencé a leer el libro (allí estaba el comienzo esperado: "Call me Ishmael") y el primer capítulo resultó ser una apasionada descripción de cómo el hombre busca el mar o, cuando menos, el agua, siempre que la tiene cerca. Comienza describiendo a quienes se asoman a los ríos en la propia Manhattan de hace 150 años, pero también describe cómo, cuando no se tiene el agua cerca, se pinta, o se sueña, o se inventa. Como evasión y como consuelo, como búsqueda de un misterio vital, embelesando como hace de manera paradójicamente similar a la que consiguen las llamas de una hoguera.

Me hallaba absorto ya en la narración de un tal Ishmael que está a punto de embarcarse en busca de una ballena legendaria, cuando levanté la cabeza y vi mi propia ballena. Gris, plateada, gigante e inmóvil. Erguida frente a mí, a unos pocos cientos de metros de distancia, mirando al cielo. Resultaba increíble pensar que habían pasado los minutos leyendo en la terraza y hasta entonces no me hubiera dado cuenta de que estaba ahí: el edificio Chrysler, uno de los rascacielos más famosos del mundo, me vigilaba inmutable mientras yo pasaba las páginas.



Recién comenzado Moby Dick y apenas iniciada mi vida en Nueva York, es fácil trazar un paralelismo entre ambos. En cierto modo, la vida en esta ciudad se asemeja a navegar por un mar de hormigón, en el que el chillido molesto de las gaviotas se torna en sirenas de bomberos, pero que, al igual que en el caso de los balleneros, ofrece grandes recompensas a quien persiste en la marea. Cuando parece que estás en ninguna parte, en una azotea anodina de un apartamento cualquiera, levantas de repente la cabeza y te encuentras con la silueta de uno de los iconos arquitectónicos del siglo XX. Paseas por el parque sin un rumbo determinado y, de la nada, aparece otra inesperada ballena bajo la forma del colosal Museo Metropolitano. Doblas una esquina de una calle aparentemente sin lustre y surgen sin previo avisa decenas de cetáceos de neón.

Lo cierto es que, debido a ese falso conocimiento antes mencionado de obras clásicas, ignoro cómo termina el libro, aunque me puedo hacer una idea. En todo caso, sí sé que, en lo que a mi particular aventura neoyorquina respecta, habrá sin duda muchas más ballenas, a cual más sorprendente, esperando ser descubiertas.

lunes, 30 de mayo de 2011

Nueva York, llave en mano

Con una botella de "vino helado" con nuestros nombres grabados en ella, hemos brindado por la etapa que, ahora con más firmeza todavía, comienza para nosotros en Nueva York. Ayer, por fin, nos mudamos a nuestro piso, después de un mes en la ciudad.

Por fuera: las vistas
El brindis tuvo su encanto, en la terraza de nuestra modesta morada; ya que no hemos podido tener la segunda habitación deseada, al menos contamos con unas buenas vistas: la Segunda avenida de norte a sur, el puente de Brooklyn, el río, Tudor City y la propia ONU.
Tudor City resulta un pequeño complejo de edificos más que llamativo. Construido justo antes del crack del 29 para la entonces creciente clase media, el estilo que se empleó en su construcción (reflejado en su propio nombre: Tudor, un neogótico recargado) evoca en mí una de las urbes imaginarias que, según muchos, fue creada como transposición de Nueva York: la ciudad de Gotham. Viendo las estructuras casi catedralicias de las torres de apartamentos, sus grandes ventanales, los estrechos chapiteles de sus tejados o las gárgolas que rematan algunas terrazas, no puedo evitar que me venga a la mente la imagen de Batman en los aleros igualmente recargados de Gotham. Cosas de leer tantos tebeos,
supongo...
Otro de los puntos fuertes de las vistas es el edificio de la Secretaría General de la ONU, aquél en el que yo creía que iba a trabajar y cuyos pisos abiertos a la intemperie y en obras veo ahora desde mi balcón. estamos tan cerca que, aunque débil, aún se detecta la señal de la red inalámbrica de "UNHQ", el cuartel general de las Naciones Unidas. Curiosamente, y a pesar de que nos han comentado ya las considerables reducciones de presupuesto que se están intentando lograr, no deja de extrañarme que, por otro lado, cientos de puntos luminosos brillen ahora frente a mí en el interior de un edificio que, se supone, está cerrado por reformas. ¿Cuestión de seguridad, tal vez?

Por dentro: el cámping
El continente resulta fácil de explicar: un salón en forma de ele, un estrecho pasillo con un armario vestidor y un aseo, un dormitorio con baño y una cocina entre el pasillo y el brazo corto de la ele. Pequeño, pero con su encanto. El dormitorio y el salón son amplios, y se nos quedará una zona para nuestras comidas diarias bastante luminosa y apañada.
En cuanto al contenido, cuando nos mudamos teníamos comprados ciertos elementos del mobiliario, entre ellos los más importantes: la cama, el sofá, la mesa del comedor y la mesa del desayuno-comida-cena. Pues bien: la cama llegó y se fue porque estaba dañada, así que dormiremos un par de noches en la hinchable para visitas que, por previsión, ya habíamos comprado; el sofá vendrá dentro de unas seis semanas, con lo que hasta entonces nos hemos hecho con uno que captará sin duda la atención de los huéspedes: hinchable, de plástico blanco y terciopelo rojo, lo último en moda de acampada; la mesa del comedor iba a venir este sábado, pero al llamar para confirmar el viernes, no sabían nada de ella (llegará, si todo sale bien, en tres días); y la mesa restante... sí, ésa, por suerte, está ya montada y rindiendo servicio. Pero entre los elementos hinchables y los cartones y herramientas que rondan por el suelo, flota una cierta sensación de cámping en el ambiente.

"Buy local"
Entre las actividades que implica toda mudanza, nos entretenemos abriendo cajas, rompiendo envoltorios, montando sillas... Pero, en ésta en particular, y puesto que tenemos que montar un piso casi desde cero (el barco con lo que mandamos no llegará hasta dentro de al menos quince días), otra actividad esencial es comprar, comprar de todo. Desde lo básico, como sartenes y ollas, hasta un gancho para colgar los coladores. En situaciones así, te das cuenta de la cantidad de cosas que das por hechas en cualquier piso y que se van acumulando como adquisiciones necesarias cuando empiezas sin nada.
Por suerte, tenemos cerca algunas tiendas bien surtidas y de buen precio; a veces, demasiado buen precio: confieso haber comprado tres vasos de chupito (no es que los fuera a usar mucho, yo, pero con algo teníamos que brindar) de -volviendo a los tebeos- superhéroes de Marvel, por cuatro dólares. Ahora bien, si encontrar variedad y precio no es excesivamente difícil, seguir la regla del "buy local" ya es más complicado. Aquí, como en casi todos los países que hace tiempo dieron la espalda a los sectores materialmente productivos y se rindieron a los encantos de los servicios, también se promociona y valora aquello que esté hecho en el país, quizá porque apenas queda industria propia. Encontrar una taza que no estuviera hecha en China me ha llevado cuatro semanas, y aún tengo mis dudas de que esté hecha aquí. Así que, para alegría del Banco Popular de China, me temo que la mayoría de nuestras compras, lo queramos o no, nos las están supliendo las afanosas fábricas chinas (las de Ikea, entre otras). Fuera de lo chino, aparte de la taza, hemos encontrado una vajilla japonesa y una fuente de loza "Made in Portugal". Ah, y creo que alguna toalla hecha en la India. Pero el "Made in the USA", como el "Made in Spain", está, para bien o para mal, de capa caída: los apartamentos, hoy, se visten con el "Made in China".

jueves, 26 de mayo de 2011

De polizón a Ikea

Es curioso. Hace cuatro semanas que estoy aquí y apenas he escrito sobre los principales puntos turísticos de Nueva York. Algo de Central Park y un par de menciones de Times Square. Pero es que, en realidad, aún no hemos hecho mucho más. Es la consecuencia de tener que dedicar las tardes a buscar piso y, una vez encontrado, a buscar muebles.


Por ese mismo motivo resulte quizá todavía más paradójico que, los ratos que hemos tenido, hayamos acabado en Brooklyn. En realidad no lo hemos hecho (¿o quizás sí, inconscientemente?) por escapar de Manhattan, su tráfico, sus rascacielos y sus tiendas de muebles. Pero, de momento, hemos cruzado ya unas cuatro veces el East River, por motivos variados: ir a un rastro (casi desierto por culpa de la lluvia), indagar acerca de una posible oportunidad de trabajo (que no nos convenció), conocer a una intérprete (ella sí, un encanto), ir a Ikea (a pesar de todo, Ikea) y, por fin... simplemente pasear.



A Ikea, en barco
Mi intención al llegar aquí era parecida a la de Ross (doble parecido) en la serie "Friends" y sus muebles de "La Mula Coja": algo con más personalidad que compensara la disminución de espacio (en la vivienda, se entiende) que hemos experimentado al mudarnos a Nueva York. Sin embargo, no todo es tan fácil, y menos en la Gran Manzana, así que, al final, hemos tenido que sucumbir a la tentación de Ikea, de donde nos traerán en breve la cama, la cómoda, la mesa del desayuno y los "muebles de jardín", junto con otros de los típicos complementos a precio ideal. Lo de Ikea es un poco como lo de El Corte Inglés: que vas a lo seguro. Ya sabes cuál es el precio y la calidad, en parte, porque ya lo has tenido en casa; y, si no lo has tenido tú, lo ha tenido tu hermano, o tus padres, o tus tíos, o tus amigos. Con todo, de unos años a esta parte se ha generalizado el típico comentario de "ah, esa mesa es de Ikea, ¿verdad? Yo la tengo igual en blanco". Y lo mismo se da de país a país: antes de montarnos los muebles que nos hemos comprado en Nueva York, ya sabemos que la mesa del desayuno la tiene en España la hermana de equis y la cómoda, la propia equis. Otro ejemplo fácil de globalización, junto al del vino "Manolo".

Al menos, ir hasta el nuevo santuario del mueble moderno aquí ofrece una recompensa. Si bien a mí la "experiencia Ikea" me suele saturar pasados los 45 minutos, en Nueva York se hace un poco menos pesado por el desplazamiento: ¡en barco! Ikea se encuentra en la parte sur de Brooklyn, hasta donde se puede llegar en un trayecto de numerosas paradas en metro o bien optando por el llamado "Water taxi". Pintados de amarillo, igual que sus primos del asfalto, estos taxis acuáticos ofrecen una línea que lleva directamente del distrito financiero de NY hasta la puerta de Ikea. En un trayecto de menos de diez minutos se dejan atrás los rascacielos de Standard & Poor's y otras conocidas compañías, se pasa por delante de la Isla del Gobernador y, no demasiado lejos, se contempla la Estatua de la Libertad. Siendo gratis los fines de semana, no es de extrañar que a mediodía el barco fuera completo, y no exclusivamente con clientes de Ikea.

El puente de Brooklyn
Aprovechando un respiro del mal tiempo que ha imperado en los últimos días, la siguiente visita a Brooklyn después de Ikea nos llevó a la otra orilla del East River. Decidimos ir en metro hasta la parte más cercana a Manhattan y desde allí bajar hasta el muelle para luego atravesar el puente de Brooklyn, uno de los tres grandes puentes de la ciudad y el probablemente más representativo.

La primera parada la hicimos en el muelle situado al sur del puente, ya en Brooklyn. Allí había dos sitios recomendados. El primero, una pizzería considerada como de las mejores de NY; a tenor de la creciente cola que había desde las seis de la tarde, así debe de ser... El segundo, una heladería (Brooklyn Ice Cream Factory) instalada donde la antigua base de un bote contra incendios. El helado, que hacen allí mismo, está a la altura de la recomendación, especialmente el de frutos secos, por no hablar del hecho de tomárselo en un embarcadero con vistas al puente de Brooklyn a un lado y, de frente, el distrito financiero más famoso del mundo.

Después del helado, vuelta hacia el puente, donde nos incorporamos dispuestos a cruzarlo en compañía de la primera de las visitas con las que hemos coincidido aquí en NY. Lo que no sabíamos era que había que tener cuidado, y no precisamente con caerse por la barandilla, sino con los ciclistas que pasan por su lado del puente. El pasillo central, entre los dos carriles de coches, y unos metros por encima de ellos, está destinado en una mitad a los peatones y en otra a las bicis, con una línea que delimita cada zona. Y ay de quien ose invadir la zona de las dos ruedas: quienes no tienen timbre, van silbato en boca para avisar a los despistados (en su mayoría, turistas; los locales se mantienen "a raya", nunca mejor dicho...) y no llevarse a ninguno por delante.

En general el paseo merece mucho la pena, pues se disfruta de una vista bastante despejada del tercio sur de la isla de Manhattan: al fondo, a mano derecha, el Empire State y el Chrysler, y a mano izquierda, la Estatua de la Libertad. En primer plano, las torres de Wall Street. Y, claro está, el puente mismo merece la pena, una obra de ingeniería de primera magnitud en la segunda mitad del siglo XIX. Curiosamente, cruzándolo aprendí que los trabajadores que lo construyeron corrían el mismo riesgo que los buzos: el síndrome de descompresión (de hecho, el ingeniero se quedó tan tocado que no pudo terminar él solo la obra). A pesar de ello, hicieron un buen trabajo, pues aquí sigue este nexo de acero y piedra marrón. De hecho parece resistir mejor el paso del tiempo que otro tipo de estructuras, las financieras, que levantan los miles de trabajadores que cruzan hacia Wall Street cada día...

domingo, 22 de mayo de 2011

Bienvenida musical a la Asamblea General

Se hizo esperar, pero la presentación fue a lo grande. Después de tres semanas en Nueva York, por fin pisé la ONU. La ONU de verdad, se entiende. No los cinco edificios que ya conozco de todos los que alojan temproalmente oficinas de la ONU. No. La sede. La fetén. La hoy en día destartalada. El "cuartel general", como lo llaman en inglés.

He de decir que ya venía sobre aviso. Amigos que hicieron prácticas aquí me habían comentado que la organización está un tanto... anticuada, por decirlo suavemente. Yo ya lo había comprobado por la parte del sistema de trabajo. Pero las advertencias sobre su estado material se han corroborado. Más allá del hecho, triste pero circunstancial, de haber llegado a esta casa en plena obra de reforma de su sede, lo que todavía se puede visitar tal cual deja patente que las Naciones Unidas no necesitan únicamente la remodelación que se le reclama en su funcionamiento, sino también en sus paredes. La entrada al edificio de la Asamblea General se realiza por un carpa de plástico blanco con goteras. Al entrar se accede a un distribuidor amplio, con una pared de unos veinte metros de alta decorada... por una mancha de humedad de unos cuatro por dos. Desde allí se accedea la Asamblea General propiamente dicha, esa especie de parlamento mundial tantas veces visto por televisión; y ahí estaba todo: las mesas de los delegados con las tabletas para los nombres de los países, las butacas de los asistentes detrás de ellos, los cascos de los intérpretes, las cabinas, el podio verde desde donde hablan los dirigentes internacionales... Y, por estar, estaba... ¡hasta Ban Ki Moon! No, no es que se hubiera dignado bajar a recibirme por ser la primera vez que pisaba la Asamblea. El motivo por el que estábamos él, yo y unos cientos de personas más en la sala era la celebración de... ¡un concierto! Sinceramente, el último modo en que pensaba que iba a conocer la Asamblea General de la ONU era con ocasión del "Concierto por la amistad y la cooperación de las bandas militares de Estados Unidos y del Ejército Popular de China". De lo más pintoresco. Pensaba que se celebraría en algún auditorio dentro del recinto de la ONU, pero no, fue sentado en las mismísimas sillas de los delegados. En mi vida me habría esperado que la Asamblea me recibiera con un tenor chino cantando -en italiano, obviamente- el brindis de "La Traviata" (véase al tenor en cuestión aquí http://www.youtube.com/watch?v=1JiiOuSmDLo).

Cada una de las bandas comenzó con su respectivo himno nacional y con una pieza castrense. Pese a encontrarme en una sala de promoción de la paz, el hecho de que cada una de las bandas tocara, con sus uniformes de gala, sendas marchas militares, me hizo recordar aquello que Woody Allen decía sobre Wagner e invadir Polonia...

Pero lo que sí que resultó un recibiemiento en toda regla en el seno de la cultura norteamericana fue el repertorio de la banda de EEUU: para empezar, el himno nacional y la susodicha marcha; a continuación, el "America the beautiful" (aquí, con Elvis); en tercer lugar, la banda sonora de una película de John Wayne, Cowboys"; y, por último, el "Stars and Stripes Forever" que, dicho así, puede que no suene, pero todos lo hemos oído infinidad de veces cada vez que aparece una película norteamericana con pasacalles y majorettes (aquí, con Bernstein a la batuta, nada menos; si le dais un minuto, llegáis al otro trozo famoso, y no os lo quitáis de la cabeza en todo el día).

Vamos, que no se puede pedir más como confirmación musical de que uno ha llegado ya a tierras estadounidenses...

viernes, 13 de mayo de 2011

Home, high home

Por fin. Después de unos 25 apartamentos vistos, hoy hemos firmado el contrato de alquiler del piso en el que nos instalaremos el próximo día 28. Vivienda conseguida, después de haber mirado en barrios de todo tipo, desde el más refinadamente alternativo del West Village hasta las zonas más animadas del Upper East Side, pasando por antiguas promociones para la clase media cerca de Gramercy.

Finalmente, lo hemos encontrado muy cerca del trabajo, en un barrio en el que abundan, precisamente, los edificios de oficinas, junto con otros residenciales. De hecho, llegamos a ver uno junto a la mía, puerta frente a puerta. Ya sabíamos que queríamos quedarnos en Manhattan, aunque no hacía falta que estuviera tan cerca, desde luego. En realidad, quizá habríamos preferido alguna otra zona más residencial, pero el edificio que hemos escogido está a menos de diez minutos del trabajo andando, lo que es todo un lujo en Nueva York.

Además, por lo que hemos podido comprobar al hablar con los compañeros de trabajo, mudarse es de lo más habitual en esta ciudad. Dicen que la media de alguien que se instala en Nueva York es de unas ocho mudanzas a lo largo de su carrera laboral. Así que no nos hemos puesto demasiado exquisitos en cuanto a la ubicación para nuestra vivienda neoyorquina, durante, al menos, el primer año aquí.

Buscando piso estas dos semanas no se puede evitar comparar con las situaciones paralelas del pasado: desde la primera vez que tuve que buscar habitación en el extranjero, en Bruselas (donde tuve la grandísima suerte de encontrar más que una casera, una mentora) hasta la última experiencia en Manila. Uno de los casos más pintorescos fue sin duda en la isla de La Reunión, donde pasamos por tres alojamientos. El primero, una habitación con terraza de treinta metros cuadrados y envidiables perspectivas del atardecer sobre el Índico. El segundo, la planta baja de una casa que compartimos con algún que otro escorpión. Y el tercero, una habitación donde la ventana era, literalmente, un hueco cuadrado en la pared, aunque con un par de contraventanas de madera (la vía abierta a los mosquitos se compensaba con estar en primera línea de playa).

El piso de esta ocasión, sin embargo, es más fácil de comparar con el de Manila, puesto que coinciden en varios elementos: ambos ubicados en torres de apartamentos, a gran altura (en Manila un piso 21, aquí un 26), y dotados de piscina y gimnasio. Los dos con espacios similares: un salón-comedor, una cocina-pasillo (aquí, por su disposición y exiguo tamaño, las llaman “airline kitchen”) y una habitación con baño.

Diferencias: aquí tenemos una terraza y un armario vestidor. En Manila teníamos orientación oeste y veíamos algún trocito de puesta de sol sobre la bahía, y aquí disfrutaremos de unas magníficas vistas a los amaneceres sobre el East River. En Filipinas nos lo dieron amueblado (aunque con prohibición de decorar) y aquí nos lo dan completamente vacío, salvo por la cocina. Y, por supuesto, en Manila teníamos unos vecinos en el piso 12 que será difícil igualar aquí, aunque lo cierto es que seis pisos más abajo vivirá una de las compañeras de trabajo que se acaba de incorporar al mismo tiempo que yo, y que nos recomendó el edificio.

Pero, por encima de todo, la principal diferencia se refiere a una cuestión que era de esperar: el precio. Digamos que por una superficie similar, unos acabados comparables y un piso sin amueblar, vamos a pagar unas cinco veces más de lo que pagábamos en Manila. Obviamente, también el salario es mayor aquí y existe una ayuda de vivienda, pero puede dar una idea de la diferencia del coste de la vida en ambos países.

En cualquier caso, tenemos ya unas ganas enormes de que llegue el día 28 y nos podamos mudar. Más si cabe cuando está empezando ya el buen tiempo y podremos bañarnos en la piscina que, al contrario de otros pisos que habíamos visto, donde se encontraba en el sótano, en nuestro caso se aloja en un piso 35 con vistas al edificio Chrysler y al Empire State... ¡Qué ganas ya!

martes, 10 de mayo de 2011

De cómo juntar galletas y M&M’s

Galletas de la... ¿fortuna?

La última entrada del blog versó sobre la variada “dieta” que seguimos en nuestros primeros diez días en Nueva York. Desde entonces hemos añadido otro pad thai y otra hamburguesa más a la lista, junto con un rollito de primavera que sabía a primavera... con chorizo, o algo así. Un tanto extraño.

Eso sí, siguiendo con tópicos acerca de la comida que uno ve en las películas norteamericanas, el fin de semana cenamos en un restaurante asiático y el final de la cena nos brindó dos de los clásicos: la cajita de comida china y las galletitas de la fortuna.




Los mensajes de las míticas galletas fueron un tanto desconcertantes. Primero abrimos la de Ana, que se diría dirigido a un alto funcionario del Pentágono:





Que podría traducirse como “Haz que los datos que has obtenido sean usados para un buen propósito”.

Pero la galleta que a mí me correspondió fue todavía más incomprensible:



Algo así como “Hoy experimentarás una intensa visión espiritual”. Por desgracia, más que de la fortuna, la galleta fue del infortunio, y el que pareció tener una visión espantosa y aterrorizadora fue mi portátil: al poco de abrir la galleta, y sin mediar bip, el ordenador se despidió con un pantallazo, un reinicio, y un cuelgue que haría pensar que había visto al payaso de “It” y se despedía despavorido al más allá del silicio.

Dos días y varios intentos de resucitación informática después –con el consiguiente corte en el flujo de entradas en el blog–, sólo puedo llegar a la conclusión de que a mi portátil se le indigesta algún tipo de actualización, así que de momento se quedará desactualizado, el pobre...


Y de postre, M&M’s

Quizá alguien cayera en la cuenta, como yo más tarde, que en la entrada sobre la comida no hablamos de postres ni dulces. Lo cierto es que no hemos probado demasiados, más allá de alguna porción de tarta de queso y alguna galleta tipo “cookie” que, sinceramente, no creo que estuviera tan buena como las de Ana.

Pero sí que merece la pena narrar el atracón que, sin probarlo, nos dimos de chocolate un día. De M&M’s, concretamente. Esta famosa marca de mini bombones de colores tiene una tienda en pleno Broadway, a pocos pasos de Times Square. Aunque decir tienda es quedarse corto: se trata de “M&M’s World” y es, de momento, uno de los lugares más agobiantes que he visitado en Nueva York. Tres plantas enteras dedicadas a estos chocolates y sus coloridos muñecotes con cuerpo de botón, pies, brazos y cara. Caras redondas y grandes ojos por todas partes.
Cilindros de cuatro metros de alto, que continúan en el piso superior, llenos a rebosar de pastillas de colores. Decenas de colores. Combinaciones con las banderas de cada país. Y, cuando pensabas que habían acabado con los colores, empiezan con los sabores, como los rellenos de mantequilla de cacahuete...

Tienen de todo lo que uno se pueda imaginar, y no sólo comestible: muñecos de M&M’s, vasos de M&M’s, toallas de M&M’s, Monopoly de M&M’s, puzzles de M&M’s, trenes de de M&M’s... ¡hasta calzoncillos de M&M’s! Y todo, por supuesto, en una tienda repleta de gente cargada con todo tipo de productos de colorines. No en vano, dicen que las ventas de chocolate son contracíclicas: en plena crisis, las ventas de Hersheys (otra famosa marca de chocolates que tiene tienda gigante a unos pasos de ésta) crecieron un 40% en 2009.

Sé que puede parecer exagerado, pero para mí fue una experiencia casi angustiosa, rodeado allá donde mirara por la ovalada cara de esos bombones con cejas y guantes, que parece que vayan a cobrar vida en cualquier momento, agarrar un paraguas con su propia efigie y blandirlo cual arma en una revuelta del chocolate.


Salir a la calle, además, no ayuda mucho si uno lo hace de noche, como fue el caso de nuestra segunda visita a Broadway, y el momento coincide con el de el final de la mayoría de los espectáculos que allí se ofrecen: la marea de gente es incesante, con grupos de turistas que se arremolinan en la acera en busca del autobús que les corresponda. Pero, al menos, subir la mirada desde el gentío a los edificios ofrece una recompensa: si la primera visita a la zona, de día, ya fue de impresión, la segunda, con los neones todavía más brillantes en horario nocturno, es simplemente fantástica. Es increíble pensar en el tamaño y resolución que han de tener esas pantallas para que uno las esté viendo a decenas de metros de distancia y parezca sin embargo que las tuviera delante en el salón de su casa. Y, aunque la primera visita fuera en sábado, parece evidente –y lógico– que todo el mundo vaya a Broadway cuando cae la noche...


PD: Hay más maneras de juntar galletas y M&M's que en un blog: existen galletas con trocitos de M&M's y... ¡M&M's con trocitos de galletitas saladas dentro!