viernes, 30 de septiembre de 2011

Asamblea tras las barricadas

Esta semana han terminado los debates de la Asamblea General de las Naciones Unidas. La combinación de trabajo en el sistema y vivienda a 300 metros de la sede de la organización nos ha permitido vivir el ambiente lo suficientemente cerca como para experimentar algo más parecido a la idea romántica que tenía de la ONU.

Recepción y post-recepción

La apertura de la Asamblea General comenzó con un cóctel en la residencia del Embajador, con motivo de la llegada de la Ministra. Allí, reencuentro esperado con un buen amigo e inesperado con una antigua compañera de carrera y residencia (curioso, el destino nos ha llevado de La Florida a Nueva York por vías bastante diferentes). En cuanto a la recepción en sí, buenos canapés, ausencia de jamón, y ambiente más joven de lo que me esperaba: ¿será porque las canguros con las que dejar a los niños no salen tan baratas aquí como en Manila?

Lo más sorprendente de la noche, sin duda, la post-recepción: terminamos en un bar que, de no haber llegado allí por otros conocedores del terreno, me habría hecho preguntarme dónde nos habíamos metido. Entre el heterogéneo grupo de diplomáticos, becarios de embajada, traductores, funcionarios del mundo cooperante y supuestos espías, destacaban, por méritos propios, aunque muy diferentes, los animadores del lugar: un Elvis zancudo (Elvis solo de noche; diseñador gráfico de día) contrastaba con dos enanos, también disfrazados del "Rey del Rock", que acabaron bailando subidos en la barra hasta que se los llevaron, en brazos, hasta sus mesas correspondientes. Una escena totalmente surrealista.

Período de sesiones: barricada general

Volvamos a las actividades diurnas, que es, al menos sobre el papel, a lo que vienen los ministros, jefes de gobierno y otros gerifaltes. Precisamente porque pululan por Manhattan las bien nutridas (a veces en número y en masa) delegaciones de todos los países del mundo, las calles cercanas a la sede de la ONU se vuelven un fortín. Ya antes de que comenzara la semana había visto desde mi terraza una extraña procesión de decenas de coches patrulla dando vueltas a dos manzanas, con las luces puestas (sin sirenas por una vez, se agradece). Pero el panorama del comienzo de la semana era propio de cualquier película catratrofista de Hollywood: el carril izquierdo de la Segunda avenida había quedado clausurado para uso exclusivo de los coches oficiales. El carril bus, reservado para que pudieran aparcar una vez descargado su contenido oficial. En los tramos que conectan la Segunda y la Primera
avenida (donde se encuentra la sede) barricadas hechas con vallas, con barreras y garitas móviles y hasta con camiones de grava.

Por supuesto, todo ello acompañado de profusión de agentes de todas las tallas y colores, pero todos bien "dotados" en sus cinturones. Según se acercó la fecha de la llegada de Obama, aparecieron en los pasos de peatones figuras esbeltas provistas de un chaleco con la inscripción "Agente Federal" en la espalda. El movimiento a cada paso de una carvana oficial era frenético: comprueba pase, abre valla, cierra valla... El día en que hablaba Obama y estaba también Clinton en la ciudad, un coche oficial se quedó parado en un paso de peatones mientras yo cruzaba de camino al trabajo. Al segundo, los dos agentes federales correspondientes se apostaron cada uno delante de una puerta trasera de la berlina, mirando a todos lados con aire alarmado y la mano fija en la empuñadura de sus pistolas. Como para detenerse a preguntar si en el coche iban Barack o Hillary, aunque lo dudo, pues dicen que cuando el Presidente se mueve, se paraliza todo en varias manzanas a la redonda. Ni los peatones, ni siquiera los diplomáticos, pueden moverse. Y, según dicen, la "congelación", como la llaman, se aplica media hora antes y media hora después de que pase. Por suerte no me tocó ninguna vez.

Por otro lado, para nosotros era menos inconveniente, ya que el pase de la ONU nos permitía atravesar la mayoría de controles. Volviendo al símil cinematográfico, uno casi se sentía como Will Smith en "Soy leyenda", aunque en mi caso la plaga era la de policías neoyorquinos. De hecho, ni siquiera los funcionarios se libran de ciertas incomodidades. A uno de mis compañeros un agente le pidió amablemente que se bajara de la bicicleta, si no quería que le apeara de ella un francotirador de un tiro. Todo un detalle, sin duda.

Colándome en la Asamblea

Llegado el día de los debates, me enteré de que Obama hablaba esa misma mañana al mismo tiempo que descubría que no quedaban pases especiales en la oficina. Solución: probar suerte. Armado sin más que con mi pase normal, me fui al edificio de la Asamblea, probando planta por planta, hasta que en la última, la cuarta, no me quedó más remedio que apostarme tras una cristalera a ver (sin oír) los discursos. Y no era de los peor parados: una jubilada octagenaria de la ONU intentaba colarse una y otra vez en la sala de prensa, para enfado de los guardas de seguridad. Y hasta tuve que cederle mi precario puesto unos minutos a un reportero del Caiga Quien Caiga de Brasil para que pudiera grabar mientras hablaba su presidenta.

Por suerte, a mitad del discurso de Dilma Rousseff nos dejaron pasar a la sala y conseguí un sitio justo en frente de la tribuna de los oradores. Terminado el discurso de Rousseff, se percibía cierta expectación en el ambiente: el próximo sería Obama. No tardaron en anuncialo y en aparecer desde las bambalinas onusianas. Tras una extraña y breve espera sentado frente al respetable, tomó la palabra con esa energía tan característica, esa especie de embelesamiento que sabe transmitir en sus mensajes. La forma, pues, la esperada. Solemne, pero cercano. Firme, pero no autoritario. El fondo, también previsible, sobre todo en cuanto a Palestina. Pero me sorprendió el tono más bien optimista respecto a la situación de la paz en el mundo en general, sin duda suscitado, además de por las "primaveras", por haber cazado a Bin Laden.



Después de que Obama se fuera la seguridad se relajó un tanto, hasta que el fin de semana se fueron los camiones de arena y volvieron los repartidores en bici por el carril izquierdo de la Segunda avenida. El debate terminó el lunes siguiente, y me quedé con ganas de haber visto más sesiones y a otros dirigentes, como Abbas o Ahmadineyad. A Trinidad Jiménez no la vi por una confusión en el horario, aunque me habría gustado. En cualquier caso, se agradece ser testigo de la ONU en acción aunque, como me dijo un compañero de trabajo, no se sepa muy bien si la de verdad es ésta o es la maquinaria burocrática del día a día.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Inidignados en Wall Street

Mientras escribo, se debe de estar decidiendo si se permite o no que la primera muestra de "indignación" organizada estadounidense pase la noche en los alrededores de Wall Street. Lo tenían todo preparado: esterillas, mantas, termos de café, guitarras... Lo único que les falta: que les arropen. Y, para arroparles, gente no faltará: cuando yo he pasado por allí, había casi tantos policías como indignados.

Diversas casualidades han hecho que acabara visitando el improvisado campamento esta tarde. Principalmente, que volvía de una excursión en bici por Staten Island, y el ferrry que conecta con aquella isla tiene su terminal a apenas 500 metros de Wall Street. También a través de la bici, aunque en este caso de una página web, me había enterado de que hoy se organizaba "Occupy Wall Street", en cuya web se hace referencia entre otras cosas, como fuente de inspiración, a la primavera árabe y al 15-M español.

Subiendo hacia el distrito financiero desde Battery Park, lo primero que he visto han sido pintadas con tiza de colores sobre el suelo, en la plaza situada al sur de la famosa estatua del toro de Wall Street. Me llaman la atención los mensajes referentes, precisamente, a nuestra especial "primavera".




Llegado a la altura del toro, donde se había citado a los indignados, veo que allí no hay nadie. Mejor dicho, no dejan que haya nadie. O más concretamente: hay una escolta de unos diez policías que rodean el toro dentro a su vez de una barrera levantada con vallas. Otras veces que había pasado frente al toro me había preguntado si algún día, en algún momento, en esta ciudad que nunca para, será posible hacerse una foto con él sin nadie alrededor. En esta ocasión, ni con el habitual enjambre de turistas resignado a hacer fotos desde la acera iba a ser posible.



Unos 200 metros más arriba, en el punto donde Wall Street propiamente dicha nace desde Broadway, se comienza a ver más gente, y más policía también. De hecho, la calle está acordonada a lo ancho del acceso desde Broadway, de manera que nadie puede pasar por Wall Street. Entre 20 y 30 agentes velan por que nadie convierta el símbolo financiero de la ciudad en campo de protestas. Los turistas, por su parte, a lo suyo: no en vano, para ellos tanto pinta contar que estuvieron en Wall St como narrar que no pudieron pisarla porque había una muralla policial de por medio.



En vista de que no han podido tomar ni el toro, ni la emblemática calle, los indignados se han trasladado hasta una plaza arbolada dos calles más arriba, Zuccotti Park. Allí se organiza lo que, me imagino (puesto que a mí el 15-M me pilló aquí ya) equivaldría a las famosas asambleas y grupos que proliferaron en las protestas españolas. En corros de entre 10 y 20 presonas, cada uno toma en pacientes turnos el megáfono y expone sus ideas y motivaciones para estar allí. En el breve tiempo que circulo por allí, el mensaje es (el símil era exagerado desde el principio) más cercano al de la sublevación popular de Sol que al de las revueltas árabes: el dinero manda, el gobierno no escucha a los ciudadanos, sino a las grandes corporaciones, etc. Como en todas partes, también hay quienes pasan de la indignación a la exaltación, aunque de forma poco violenta: un manifestante se pasea irrumpiendo, altavoz en mano, en cada corrillo para vociferar que ya está bien de hablar y que se pase a la acción: ocupar la plaza (¿acaso no es lo que están haciendo?). Otro circula con un cartel en que llama a la eliminación de la personalidad jurídica; brillante idea, sobre todo para las asociaciones benéficas de este país, que cumplen con toda la acción social que, al contrario que en Europa, el gobierno de EEUU no desarrolla. Y, por supuesto, no faltan las máscaras de Anonymous, a pesar de que en los consejos previos a la protesta se decía que es ilegal que más de dos personas se paseen enmascaradas por la calle (que se anden con ojo los niños este Halloween...).

Las diferencias con el movimiento en España, pese a no haber sido testigo de él, son evidentes. Por un lado, en el nivel de hastío: mayor, a mi entender, en mi país, factor que consiguió una movilización mucho más alta que aquí, pese al potencial de NY. Por otro lado, la repercusión inicial no ha sido comparable, si bien la congregación lleva solo unas horas en curso: hay que rebuscar en la página de la CNN para encontrar una mención a lo que está sucediendo. También se podría citar el ambiente un tanto extraño, al ser ambos lugares, Sol y Wall St, puntos de afluencia turística. En NY se juntaban los manifestantes provistos de mochilas con los turistas cargados de bolsas de un outlet cercano, y la plaza poblada por carteles y octavillas contrastaba con el terreno desolado de la Zona Cero, al otro lado de Zuccotti Park.



Es muy pronto para saber en qué acabara todo esto. De hecho, me resulta muy extraño escribir una entrada sobre un acontecimiento todavía no concluido. En todo caso, quizá consigan pasar la noche en la calle, o los alojen en la iglesia de la Trinidad cercana. O tal vez la policía no les deje pasar la noche, en previsión de que pudiera haber altercados mañana por la mañana cuando desembarquen los empleados de las "diabólicas" compañías de Wall Street. Aunque, en mi opinión, es poco probable: los ejecutivos suelen ser, fuera del parqué, gente pacífica.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Pedaladas de rodríguez (I): el 11-S sobre dos ruedas

El verano en la costa este apura los últimos calores y las excepcional e internacionalmente retransmitidas tormentas. Pero, al igual que los huracanes en esta parte del mundo, también hay otra cosa que se dice es propia del verano: las bicicletas.

Tras la holandesa y la inglesa, la americana

La mía tardó en llegar, debido principalmente a mis dudas acerca del modelo que debía escoger. Podía optar por uno funcional, con marchas, o bien subirme a las tendencias más alternativamente respetadas de la onda bicicletera neoyorquina y hacerme con una bici de piñón fijo y freno de contrapedal. La incertidumbre de verme con una bici sin frenos en mi primera incursión sobre dos ruedas en la gran ciudad hizo que me inclinara por una bici de paseo, encontrada de buena segunda mano y mejor precio en Craigslist (los anuncios clasificados electrónicos más socorridos en la actualidad en este país).



Tras alguna incursión tentativa, llegó agosto y con él una tradición que pensaba nunca experimentaría, dadas las nuevas costumbres sociales y la incorporación de la mujer al mercado laboral: la de quedarme de rodríguez. Abandonado a mi solitaria suerte durante veinte días, en pleno verano, sólo me quedaba mi fiel escudero Willy Schwinn para intentar sacarle el jugo rodado a la Gran Manzana. Y no, no llego al extremo de ponerle nombre a mi bici: son el modelo (Willy) y la marca (Schwinn); casa estadounidense, por cierto, pero, una vez más, made in China.

El uso de la bicicleta en Nueva York ha crecido considerablemente en los últimos años, gracias en parte a una concejal de transportes demonizada por cierta parte de los, como ella misma dice, “8,4 millones de planificadores de tráfico” que pueblan esta ciudad. Más de 15.000 personas van a trabajar al distrito financiero cada día en bicicleta, aunque sólo supone el 0,6% de los desplazamientos. Aun así, sean montadas por chinos y latinos que reparten comida en dirección prohibida o por traductores que aparcan sus velocípedos en los pasillos de su oficina, rara es la vez que uno sale de casa y no se cruza con varias bicicletas por las calles.

Así pues, con una ciudad que acaba de duplicar sus kilómetros de carril bici, un clima aceptable, tiempo libre y muchas calles y parques que pedalear, los días de rodríguez han dado para varias excursiones cicloturistas. Saltándome el orden cronológico, empezaré por la fecha más significativa.

11-S: pedaladas contra el jet lag

Recién aterrizado de unas breves vacaciones transatlánticas, y con ánimo de no quedarme en el sofá padeciendo los efectos del desfase horario, apenas llegué a casa me di un baño y bajé a por mi bici. No importaban los diez días de abandono: allí estaba mi fiel Willy, reclamando únicamente un poco de aire para llevarme donde las piernas aguantaran. Siendo la víspera del 11-S, me pareció buena idea bajar hasta la Zona Cero para ver cuál era el ambiente, ya que meterme allí el mismo día de la ceremonia sería prácticamente imposible.

A diferencia de otras excursiones, ni siquiera planifiqué la ruta, pues la cuadrícula de Nueva York hace que los desplazamientos sean bastante intuitivos. Tras una infructuosa parada en el mercadillo de la calle 25, bajé por las avenidas del lado oeste hasta darme de bruces, sin haberlo planeado, con lo que estaba buscando: los coches de policía que cortaban las calles adyacentes me avisaban de que había llegado a los terrenos del World Trade Center. Un gesto con dos dedos de un agente me bastó para saber que podía pasar con la bici, pero desmontado. Según me acercaba a la valla del vasto espacio que todavía está por construir, comenzaba a notarse otra de esas amalgamas de personajes con que te sorprende de vez en cuando esta ciudad. Abundaban, por supuesto, los turistas. Algunos, recogidos, se quitaban la gorra al acercarse al recinto, en señal de respeto. En el extremo opuesto, una madre de aspecto nórdico fotografiaba a su rubia hija, ya entrada en razón, mientras posaba frívola y jovialmente, imitando con sus brazos estirados y partiéndose de risa el rascacielos todavía a medio levantar.



Además de los turistas, también había elementos dedicados a las reivindicaciones más variopintas. Un joven, con peluca de cuernos azules y rojos, explicaba mientras una cámara le entrevistaba que se había vestido así para llamar la atención (cosa obvia, aunque no explicaba acerca de qué). En el campo de los apocalípticos, un cartel invitaba a buscar a Jesús mientras aún podamos encontrarlo. Pero sin duda los que más abundaban eran los predicadores de teorías conspirativas sobre la verdadera naturaleza de la catástrofe del 11-S. Unos culpaban a Bush (otro trabajo interno, en su opinión, para poder ir a la guerra), mientras que los más comedidos simplemente clamaban que algo no cuadra en todo lo que sucedió.



Al día siguiente, mi desfase horario me levantó lo suficientemente tarde como para descansar y lo bastante temprano (7:30) como para ver (sin bicicleta y, esta vez sí, desde el sofá) el comienzo de la ceremonia de conmemoración. No faltó ninguno de los elementos que se podían esperar: los gaiteros de policías y bomberos, el coro juvenil que entonó el himno nacional, la bandera rescatada de la catástrofe... Me sorprendió, sin embargo, la sobriedad de los mensajes de los presidentes Bush y Obama, que evitaron las declaraciones personales, y leyeron en su lugar textos ajenos de carácter político y religioso, respectivamente (aunque se podría añadir que el salmo y la carta que escogieron no estaban carentes de mensaje).

Sea como fuere, una cosa es cierta, y es que los estadounidenses, como siempre, son únicos a la hora de emocionar. Si la ocasión era ya de por sí lacrimógena, la puesta en escena y la pasión que esta gente pone cuando quiere tocar la fibra sensible nunca deja indiferente. O eso, o vengo de un país con un espíritu de unidad tan minado, que cualquier cosa a su lado es puro sentimiento. Y si no, al tiempo: dentro de dos años, cuando nos toque a nosotros recordar a los nuestros, ¿seremos tan necios de desempolvar las mochilas o la foto de las Azores?

jueves, 25 de agosto de 2011

De Irene y otros sobresaltos

Cuando todos los McDonald's en la redonda cierran en Nueva York, algo grave debe de estar a punto de ocurrir. La estación de Grand Central, una de las más bulliciosas del mundo, cerrada a cal y canto. Metros, trenes y autobuses urbanos aparcados. Tiendas (!), museos, bibliotecas y hasta los musicales de Broadway, clausurados hasta nueva orden. Algo pasa. Irene pasa.



Martes de terremoto
La semana comenzó con la sorpresa de un temblor de tierra en pleno horario de oficina. El terremoto, con epicentro cerca de Virginia, sacudió Nueva York por unos segundos. Yo me encontraba en la oficina pero, por segunda vez, después de una primera experiencia sísmica no percibida en Alicante, me quedé sin sentir el movimiento. La razón, un tanto triste pero higiénica: me sorprendió lavándome los dientes, con lo que mis propias sacudidas me impidieron sentir las del edificio.

Al salir del baño, reunión en el descansillo de la oficina, cada cual comentando lo que había sentido. Habiendo temblado la tierra en mitad de la jornada, hubo experiencias para todos los gustos, desde la mía, cepillo en boca, hasta la del que venía por la calle de comer y le sorprendía que tanta gente hubiera salido de tantos edificios de oficinas a fumar en el mismo preciso momento.

La frase del suceso: "¡¡¡Terremotoooooooooooooo!!!" (imagínese uno a una traductora china, gritando en inglés y corriendo escaleras de emergencia abajo).

Miércoles de incendio
Desde que llegué a Nueva York, el edificio en el que trabajo se ha caracterizado por la relativa frecuencia con que suena una alarma de incendios. Unas veces han sido falsas alarmas, otras se rumorea que traductores chinos que insisten en fumar en sus plantas. El miércoles, también al mediodía, volvió a sonar. Después de unos segundos, me acerqué a la recepción de nuestra planta, donde me dijeron que se trataba de una falsa alarma. Sin embargo, unos minutos después, vuelve a saltar y al mismo tiempo recibo una llamada de una compañera de pasillo:

- Compañera preocupada: ¿¿¿Dónde estás???
- Yo: Pues... en mi despacho.
- CP: ¿¿¿Y qué hacés (añádase el acento conosureño) en el despacho??? ¡¡Estamos abajo!! ¿No ha saltado la alarma arriba?
- Yo: Sí, pero me han dicho que era una falsa alama.
- CP: ¿¡Pero qué falsa alarma!? ¡¡Hemos vuelto de comer y había cuatro camiones de bomberos en la acera!! ¡¡Bajate ahora mismo!!

Veinticuatro tramos de escaleras después, salgo a la calle y, efectivamente, gran parte del personal de nuestro edificio estaba ya en la acera, mientras tres camiones de bomberos lucían bandera frente a la entrada y uno más se mantenía alerta en la esquina de la calle.

El susto termina con la explicación del encargado de seguridad de la organización sobre una polea de ascensor humeante (humo, pero no fuego, insistió) y una despedida con moraleja relacionada con el 11-S que nadie terminó de entender muy bien.

La frase del suceso: "¿Por qué quedará tan guapo un chico con cualquier traje, aunque sea acolchado y fluorescente como el de los bomberos?". Se rumorea que de poleas nada, que las apariciones de los bomberos no tienen nada de fortuitas...

Fin de semana de huracán
Por si no habíamos tenido suficientes sobresaltos en una semana, el huracán Irene, del que había oído hablar desde el lunes por estar aguándole las vacaciones en Puerto Rico a mi vecina, parecía seguir rumbo al norte y barrer la costa Este de Estados Unidos. Si bien ya habíamos tenido experiencias con tormentas tropicales en la Reunión y algún tifón en Filipinas (a finales de septiembre de 2008 llegaron dos tifones Pablo a Manila), uno no se espera que eso le vaya a tocar también en estas latitudes.

Las declaraciones, noticias y correos acerca de los preparativos comenzaron a volar. De entre las que recibí, destacaré dos. La primera, la del supermercado enfrente de mi casa, al que, por cierto, alguien le podía dar unos consejos de diseño gráfico (pínchese para ver con más "detalle"):



La segunda, más lograda y acorde a la sonoridad de la palabra "huracán", de mi tienda de tebeos habitual:



Independientemente del resultado final, razones para ser precavidos podía haber, básicamente por lo novedoso de un fenómeno así en una zona no preparada para ellos y por la densidad de población de esta ciudad. Así que, haciendo caso al alcalde Bloomberg, recogí mesa, sillas y tendal de la terraza y me recogí a mí mismo para un fin de semana de lectura, correos, blog y películas (menudo momento para quedarme de rodríguez en NY...).

El sábado amaneció gris pero tranquilo. Después de un rato de lluvia, salí para ver qué sensaciones había a pie de calle y tomarme una limonada helada del McDonald's (lo más parecido al granizado de limón peninsular que he podio encontrar aquí). Sorpresa mayúscula al llegar frente a mi amigo Ronald y ver que le habían dejado solo detrás de la puerta cerrada y empañada del local y unos tristes carteles.

Aproveché para dar una vuelta por el barrio y todo estaba igual: GAP, Dunkin' Donuts, las farmacias y tiendas que abren 24 horas... A falta de granizado, pensé en un dulce de Magnolia Bakery, pero Grand Central había cerrado hasta sus tiendas. Lo único que vi abierto fue una de esas farmacias supermercado, con colas allí nunca vistas, pobladas de italianos cargados de agua. De hecho, delante de mí se llevaron, a falta de agua barata, las tres últimas botellas de Evian.

Por otro lado, no era de extrañar la abundancia de italianos: la gran mayoría de personas que me crucé en media hora de paseo eran turistas. Me imagino que cuando uno tiene siete días en NY o, peor aún, un fin de semana, aprovecha cualquier descanso de la lluvia para echarse a la calle. Pero los residentes, por lo visto y lo comentado con otros, estaban todos bien parapetados en su casa, en casa ajena (como una de mis compañeras de trabajo, evacuada de su apartamento frente al río) o estado de Nueva York adentro.

Sin querer tentar demasiado mi suerte, volví a casa dispuesto a recogerme hasta el día siguiente. Antes de acostarme vi por casualidad la última rueda de prensa del alcalde, en la que hasta se atrevió a invitar a la precaución en un deslavazado español. Cuando me acosté, pasada la medianoche, el viento ya azotaba la lluvia contra las ventanas de mi habitación: ¿sería de verdad tanto como nos habían anunciado?

El día después
Como suele pasar con el carácter un tanto alarmista de los norteamericanos ("better safe than sorry", que les gusta decir), motivado en parte, imagino, por la facilidad para demandarse entre sí por cualquier cosa, al final Irene no fue para tanto. Cuando me levanté ya no llovía, y los únicos daños que se podían ver desde mi casa consistían en la desaparición de la bandera de EEUU de la azotea del edificio de enfrente y algo de agua en una circunvalación de Manhattan que circula pegada al río.

El paseo dominical para ir a comprar el periódico fue más largo que de costumbre, pues las tiendas cercanas donde lo suelen vender estaban cerradas. De hecho, no sabía ni si lo habrían distribuido. Caminando llegué hasta Tudor City, el complejo de edificios que hay entre mi casa y la ONU, y en la calle que desemboca en la Secretaría General había más movimiento de lo esperado. Al acercarme, varias ramas caídas tapaban no sólo la acera sino, más adelante, un árbol de tamaño considerable que había caído hacia un edificio y levantado un bloque de cemento de la acera. Sorprendentemente, la punta del árbol había chocado contra una ventana del edificio y lo que se rompió fue la madera, no el cristal.



Definitivamente, ya no hacen edificios como los de antes...

En estos casos no sé si se puede decir que se peca de precavido. Probablemente no ha sido así, aunque quizá lo de la evacuación obligatoria fue algo demasiado lejos. En lo personal, la experiencia no superó las sensaciones vividas durante la tormenta Diwa en la Reunión, pero estos yanquis al final consiguen hacer que te lo tomes en serio. Sin llegar a llenar la bañera, tuve mi palangana azul llena de agua y mi linterna recargable a mano en la mesita. Just in case...

La frase del suceso: Del alcalde Bloomberg: "Lo que tenemos que hacernos es ponernos en lo peor, prepararnos para ello, y esperar lo mejor". Cumplido palabra por palabra...

viernes, 19 de agosto de 2011

Libertad a babor

En la línea de destinos insulares en los que hemos vivido, la vida en Manhattan nos está ofreciendo la posibilidad de disfrutar del mar o, cuando menos, de los ríos. Una de las actividades que se pueden realizar en esta ciudad es la de aprovechar la amplia oferta de paseos en barco por los dos cauces que rodean la isla.

En una tarde que presagiaba tormenta (para añadir algo de emoción), decidimos hacer una ruta nocturna de un par de horas frente a la costa sudeste de Manhattan. Embarcamos a las siete de la tarde en el muelle sur, una zona llena de tiendas, restaurantes, terrazas y, por consiguiente, turistas. De allí salía nuestro velero, una bonita y sencilla embarcación cuyo velamen ayudamos a desplegar tras salir del puerto mientras, para agradable sorpresa nuestra, nos ponían un disco entero de Manu Chao como banda sonora marinera.

La excursión, anunciada como "crucero al atardecer", se veía amenazada por nubes en el horizonte y algún que otro relámpago. Sin embargo, poco después de salir, el disco naranja del sol hizo acto de presencia y nos ofreció, efectivamente, un atardecer de postal, con una invitada especial a tal espectáculo: la Estatua de la Libertad. La segunda parte del trayecto consistió precisamente en acercarse a ella; llegamos casi entrada la noche, con el tiempo justo para ver cómo se iluminaba esa corona que en breve, y durante un tiempo, dejará de estar abierta para que el público pueda asomarse desde ella.

La tranquilidad que reinaba en medio del agua, con el barco detenido mientras observábamos la estatua, se vio pronto rota por el tránsito de los numerosos barcos que, como el nuestro, se acercaban para observar más de cerca este monumento histórico. El primero de ellos fue un “water taxi”, barcos pintados del mismo amarillo que los taxis que pueblan las calles de la ciudad y que cubren rutas fluviales. Desde el taxi acuático, cargado de muchos más pasajeros que nuestro barco, brillaban infinidad de luces de cámaras fotográficas ávidas de "libertad".

Apenas nos alejábamos de la estatua, pasó junto a nosotros otra embarcación, que recodaba a los vapores de ruedas que uno se imagina surcando en el Mississipi. Pero en lugar de la plácida calma sureña, o incluso de blues, dentro (y fuera, y alrededor) tronaba la música con la que un gran grupo de universitarios con pulserita celebraban desbocados una fiesta flotante.

Unas olas después, nos cruzamos con un flamante yate, de esos tan futuristas que parece que vayan a despegar del agua en cualquier momento. Sus tres cubiertas desbordaban clase: en la inferior se atisbaban luces cálidas y mesas bien servidas, para que los pasajeros pudieran cenar a bordo. En la intermedia, las luces de neón anunciaban el espacio para el baile, moderno pero más recogido que en el barco anterior. Y desde la terraza de la cubierta superior llegaban sonidos chill out mezclados con ritmos tribales. El lujo, la música y el color de los trajeados pasajeros del barco hacían pensar que el hijo de algún poderoso africano había decidido celebrar su cumpleaños por todo lo ancho del East River.

Pero no eran festivas todas las embarcaciones que divisamos desde nuestra cubierta: hubo también cargueros de contenedores, remolcadores, lanchas diminutas, catamaranes y hasta alguna que otra canoa. Tal variedad no hace sino trasladar el panorama terrestre de la ciudad al agua, transmitir el carácter de Nuevva York a sus ríos. Al fin y al cabo, tanto en la acera como en los cauces uno puede encontrar desde la alta sociedad hasta los que intentan pescar algo para comer, desde el ruido más atronador hasta la escena más idílica. Y, en cualquier caso, omnipresentes en tierra o en agua (y hasta en aire), los rascacielos y, por supuesto, los turistas.

viernes, 12 de agosto de 2011

Frikicine de verano

El verano no sería verano sin el cine... de verano. Sea en la plaza mayor, en patios de vecinos o en casa de un amigo con todas las ventanas abiertas, ver una película sentado en una silla de tijera con un granizado en la mano y disfrutando de la brisa que, con un poco de suerte, refresque la calurosa noche, es uno de los mayores placeres estivales inventados en los últimos cien años.


Nueva York, por suerte, no es ajena al fenómeno. Bien es cierto que nuestro primer intento de cine de verano neoyorquino se saldó con un rotundo fracaso cinematográfico, aunque la agradable velada social lo compensó: estuvimos tres horas de cena campestre en el céntrico césped de Bryant Park, esperando a que empezara "Los 39 escalones", y cuando comenzó el sonido era tan malo que nos tuvimos que marchar.

Sin embargo, desde entonces hemos tenido mejores experiencias, como la de desempolvar recuerdos infantiles y disfrutar de la casualidad de ver en Nueva York "Fievel y el Nuevo Mundo" con el mismo hermano con que una vez la vi siendo un crío. La proyectaban en un parque cercano al puente de Brooklyn, del otro lado de Manhattan, la pantalla instalada con el río y el distrito financiero de fondo. La única pega: la incomodidad de ver la película tumbado en el césped, sin saber qué postura era la más tortuosa de todas. Menos mal que el final de la velada fue espectacular: un inesperado espectáculo de fuegos artificiales lanzados desde una barcaza en el río, a escasos 200 metros de nosotros, cuyo motivo era totalmente desconocido.

En una ciudad como esta es natural que haya opciones variopintas dentro de cada tipo de entretenimiento, y el cine de verano no iba a ser menos. Desde que comenzó el verano tenía ganas de asistir a alguna de las proyecciones de Rooftop Films, una asociación que lleva años organizando ciclos de cine alternativo al aire libre. Tras algunos intentos pasados por agua, encontré un programa interesante, con la proyección de una selección de cortos basados o inspirados en videojuegos. Habiendo sido un jugador (moderado, me atrevería a decir, en contra de la probable opinión de mis padres), y habiendo trabajado un tiempo en ese sector, era mi oportunidad de cine al fresco.

Esa noche lo organizaban en la azotea de una antigua fábrica de latas de conservas de Brooklyn, reconvertida hoy en sede de estudios de profesiones varias y apartamentos. Lo cierto es que la infraestructura hacía palidecer las del típico cine estival en la plaza de toros del pueblo. En el patio interior del edificio habían instalado cuatro pantallas en las que se podían probar videojuegos creados por desarrolladores independientes, y una marca de ron que patrocina el festival había instalado una de esas caravanas de curvas plateadas tan vistas en las otras grandes pantallas. Subiendo a lo más alto del edificio, la espaciosa azotea estaba provista de sillas bastante cómodas para lo habitual en estos casos, y se disfrutaba de una tranquilidad y una brisa envidiables para los moradores de Manhattan.

Para subrayar el carácter alternativo del evento, antes de los cortos hubo un breve concierto de una pareja de "modernos", Tiny Victories, que armados de teclado, sintetizador y batería, resultaron ser mucho mejores de lo que habría esperado. Por fin, ya de noche cerrada, comenzó el espectáculo de fusión de videojuegos y cine, con unos diez cortos de lo más variados: desde documentales sobre el uso de videojuegos como material educativo hasta denuncias contra el militarismo, pasando por una recopilación de muertes de los clásicos con emotiva banda sonora en versión MIDI o una épica batalla entre el héroe acabado de las dos dimensiones y el magnate de las tres dimensiones. También hubo hueco para un videoclip concebido para los conocedores de Nueva York, con numerosas referencias culturales, urbanas y sociales a la vida en la ciudad, y que hizo las delicias del público. En general, los cortos que más gustaron fueron aquellos que apelaron precisamente a eso, a imágenes conocidas, no ya de Nueva York, sino del pasado de los videojuegos, un sector surgido de unas bases tan precarias como las cintas de cassette y las dos dimensiones para llegar hasta las tres dimensiones y los dispositivos cinéticos. Un campo en ocasiones abiertamente denostado como vicio más que como entretenimiento, pero que últimamente ha sido reconocido legalmente como arte. Y una disciplina que consiguió, por una noche, transformar el cine de verano en frikicine de verano.

lunes, 1 de agosto de 2011

Vodka on the beach

Siento comenzar esta entrada sobre el lado ruso de Nueva York con un tópico fotográfico tan evidente. Pero la imagen recoge la esencia de lo experimentado un día de verano en una playa en el sur de Brooklyn, a algo menos de una hora en metro del centro de Manhattan: Brighton Beach. O tal vez debería decir "Брайтон-Бич". El barrio del mismo nombre, también conocido como "la pequeña Odesa", está habitado por una mayoría de ex residentes de la antigua Unión Soviética (rusos, ucranianos, armenios, georgianos, uzbecos...) de modo que el vecindario parece un Chinatown a la euroriental, con carteles en cirílico, librerías con toda la edad de oro de la literatura rusa en versión original y restaurantes en los que comer "blinis" y beber "kvas".

La playa
Al contrario del aire aristocrático que debía de reinar en los balnearios de Odesa, la playa de Brighton Beach se asemeja más a un Benidorm al que se hubieran llevado a pasar el día a todos los rusos de Altea. Tras desplegar la toalla, un barrido visual y auditivo hace pensar al playista que en lugar de tomar el metro hasta Brooklyn se ha teletransportado hasta alguna playa del Mar Negro: abundan las chicas y los chicos cuyo aspecto denota genes de Europa del Este: rubios y, reduciéndolo a una impresión simplista, "con cara de rusos". Pero, en la mayoría de los casos, la impresión se confirma, y cuando abren la boca abunda el ruso en el ambiente. Así, la estampa benidormense de toallas y sombrillas queda sólo desfigurada por la conversión del típico "¡¡¡CARLITOOOOOOOSSS!!! ¡¡Vente pacáááááá!!" en un "SASHAAAAAAAAAAA!!! Idí syudááááá!!!".

La playa en sí no es excesivamente distinta de algunas de las que se puedan encontrar en España. Eso sí, si antes he usado la invención "playista" no es por capricho: en Brighton Beachno me podría considerar bañista puesto que no creo que me atreva a meterme en esas aguas del Atlántico. A pesar de ser compartidas con las de Asturias, antes me metería en las del norte de España llenas de algas que en las del sur de Brooklyn. Digamos que no se veían repulsivas, pero tampoco nadie a quien haya preguntado me ha animado hasta el momento a bañarme en estas playas, salvo un taxista ruso que me contó que para desentumecerse de sus turnos de doce horas nadaba media todos los días en estas mismas aguas.

La comida
¿Puede existir algún lugar en Estados Unidos en el que no se sirva Coca Cola? Sí, existe, aunque socialmente está más cerca de Europa que de América. Se trata del "Café Glechik", un restaurante sencillo en el que uno puede ejercer el delicado arte de pedir comida en ruso (sobre todo si no recuerda cómo se dice hígado). Especializado en comida típica de Odesa, por suerte el menú en ruso tiene su traducción al inglés en el reverso.
Haciendo demasiado calor para el "borsch" (sopa de remolacha), nos animamos a pedir champiñones en salsa, pollo strogonoff y "pelmeni" gratinados, una especie de ravioli muy típicos de la comida rusa o ucraniana. Para beber, los rusófonos de las mesas cercanas tomaban té caliente, como se suele hacer en sus lugares de origen incluso en verano. Nosotros, viniendo de la playa, optamos por "compote", una bebida a base de mermeladas de bayas y... agua, puesto que al pedir Coca Cola nos miraron como si la hubiéramos pedido en un gulag de Siberia hace 50 años.

Coney Island
Después de comer y de comprar un disco de pop rock ruso por 5 dólares (probablemente falso), dimos un paseo hasta una construcción de hierro, una torre roja en el horizonte que se divisa en todo momento desde la arena de Brighton Beach: se trata de una de las atracciones reunidas en Coney Island, una isla que dejó de serlo cuando rellenaron la separación con escombros. Antes de la Gran Depresión fue todo un referente del ocio marítimo neoyorquino, pero hoy lucha por recuperar cierto brillo tras años de capa caída. Cuenta para ello con un parque de atracciones tradicionales, un acuario y un agradable paseo de tablones poblado de bares, puestos de comida y alguna que otra tienda.

Por cierto, que aquí es donde se celebra el famoso concurso de comida de perritos calientes, patrocinado por un puesto de perritos cercano. El ganador de este año acabó con 62 en 10 minutos, 6 por debajo de su propio récord. El mítico japonés que ganaba hace unos años está peleado con la "Major League Eating" y no le dejan presentarse. Dónde quedan los conflictos de la NBA, cuando hay 60 perritos de por medio...